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Cualquier persona es un seducido en potencia
Álvaro Benavides La Grecca
15.02.2010
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El mito del fulano punto blanco

“Lo que tienes que hacer para que se te quiten los nervios cuando estés hablando en público, es buscarte un punto imaginario (el punto blanco, como se le llama), ubicado justo en la pared opuesta a ti, por encima de las cabezas de la gente, y fijar todo el tiempo la vista en ese punto”, es una recomendación que con frecuencia se da a quienes tienen que hacer exposiciones públicas, no importa de qué tipo de exposiciones se trate.

Lo que está detrás de esta propuesta es la creencia, por cierto muy generalizada, de que de esa manera el emisor de los mensajes no tendrá que afrontar a nadie en particular, sino a todos en la audiencia, para que se queden con la impresión de que el expositor habla con todos ellos. “Eso te servirá” –sigue la sugerencia- “para que puedas concentrarte solamente en tu tema, sin que los gestos de los presentes, o las eventuales conversaciones que se produzcan entre ellos, te interrumpan e impidan que digas lo que quieres decir.”

Una exposición pública es, antes que cualquier otra cosa, un acto de comunicación, y como tal, exige una interacción muy activa entre quien emite un mensaje y quien lo recibe. La comunicación es un proceso dinámico, en el que toman parte diversos actores: el emisor del mensaje, el receptor de ese mismo mensaje, el mensaje mismo, el canal mediante el cual se produce el intercambio, y también el entorno en el que ocurre el proceso.

Para que el emisor del mensaje pueda comunicarlo eficientemente, es indispensable que esté en contacto permanente con los receptores de sus mensajes, quienes en todo momento dan señales del impacto que en ellos produce lo que están viendo y escuchando, y que el expositor debe considerar muy seriamente para ajustar su desempeño al ambiente comunicativo que se vive durante su exposición.

Todo lo contrario a lo que transmite la expandida creencia del “punto blanco”, nosotros recomendamos que el expositor transmita sus mensajes con su mirada puesta abierta, evidente y directamente en los ojos de los miembros de su audiencia. Es decir, que el expositor le comunique a cada una de las personas una idea que tenga sentido en sí misma, de principio a fin, cosa que se logra cuando se mantiene la mirada en los ojos de una persona desde que comienza hasta que termina esa misma idea, tal cual se hace cuando, en el lenguaje escrito, colocamos correctamente los signos de puntuación y las conjunciones copulativas. El nombre completo del expositor a una de las personas de la audiencia. Su posición o cargo a otra. El nombre de su conferencia a otra. Así sucesivamente, hasta que integra a todos a su episodio de comunicación.

El ojo del otro nos provee de una información valiosísima para el desarrollo de nuestras exposiciones, cosa que ningún punto, blanco, negro, o de cualquier otro color, puede suministrarnos. El punto blanco no nos da el retorno que si nos ofrece el ojo del otro, y que necesitamos tanto para sentirnos más seguros y poder pausar nuestra exposición al ritmo que impone la propia audiencia.

Álvaro Benavides La Grecca, director de CIC
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