Álvaro Benavides La Grecca
No sentirse lo suficientemente preparado, un natural rechazo al juicio de los demás y el temor a lo desconocido, son tres de las más poderosas causas del origen del miedo escénico, o que hacen que para muchos hablar en público sea un acontecimiento que es mejor evitar porque provoca sensaciones que pueden llegar a ser sumamente desagradables. A pesar de eso, sin embargo, no siempre se puede dejar de hablar en público, o transferir esa responsabilidad a alguien más.
El personal de una empresa cualquiera -independientemente de su tamaño y de su campo de acción-, los feligreses de cualquier religión, los seguidores de un partido político, los jefes empresariales y sindicales, los jugadores de los equipos deportivos, los estudiantes, los ciudadanos, todos esperan que sus líderes se comuniquen con ellos, que ejerzan su rol como conductores que son de esos conglomerados humanos. No es posible ejercer ese liderazgo sin tener que, obligatoriamente, comunicarse con esas audiencias, las cuales esperan, adicionalmente, que lo hagan muy bien, pues para ellos comunicarse adecuadamente con ellos es una parte fundamental de la tarea de todo líder.
Conocer muy bien el tema que esos líderes van a exponer es uno de los recursos que despierta más seguridad a la hora de dirigirse a un público, cualquier que este sea. Para ello, es menester prepararse perfectamente, conocer en profundidad la materia en torno a la cual va a girar una exposición cualquiera. Esa preparación incluye también diseñar una estructura y una organización que faciliten la tarea del expositor y que incrementen la comprensión del asunto por parte de la audiencia. En ese sentido, conviene disponer una secuencia lógica, conseguir un ritmo narrativo que distinga claramente la personalidad del expositor y que mantenga siempre en alto los niveles de atención de cada uno de los miembros de las audiencias.
A nadie le gusta ser juzgado por los demás, y eso incrementa los niveles de stress del expositor. No obstante, conviene tener en cuenta que ese juicio puede ser muy positivo, siempre y cuando el expositor logre demostrar que el contenido de su exposición satisface las necesidades de la audiencia, que es de alta calidad y útil para sus vidas personales o profesionales, y que, en suma, haber asistido a ese episodio de comunicación fue mejor que dedicar ese mismo tiempo a otras actividades.
Concentrase y dominar profundamente todas las variables que intervienen en una presentación pública disminuye de manera significativa el temor a lo desconocido que manifiestan experimentar muchos. Carece de sentido enfocar nuestra atención en aquellos asuntos que escapan al control del expositor, tales como angustiarse en torno a si a los miembros de la audiencia les va a gustar o no el color de fondo de las láminas de la presentación, o si el computador, el proyector, el sonido, y la iluminación van a funcionar correctamente. Es mucho más provechoso dedicar nuestra mejor atención a dominar el contenido y la forma de las exposiciones, que a caer en la trampa de agobiarnos por lo que no controlamos o conocemos.






